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- En febrero de 1964, el artista porteño Ballester Peña realizó los murales de la Iglesia: el Cristo Rey resucitado, en el frente, y la Virgen con el Niño, en el lateral sur. En setiembre de 2003, el padre Rubén Leikán, monje de la abadía del Niño Dios, pintó la imagen de San Benito.
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- El altar es una roca extraída del Río Grande, a ocho kilómetros de la abadía. Una empresa particular la trasladó hasta la capilla. Para colocarla, trabajaron desde las 8 hasta las 23. Al pie del altar se colocó una “conana”, un recipiente donde los indígenas molían el maíz, como símbolo de unidad entre la comunidad de los monjes con los habitantes de la zona.
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El edificio cuenta con cuatro habitaciones destinadas a quienes llegan a hacer retiros espirituales. Una de ellas puede albergar a un matrimonio. Los visitantes deben llevar su ropa de cama. Como las instalaciones no pueden albergar a mujeres solas, las hermanas del Buen Pastor ofrecen hospedaje frente al edificio.
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“Vivimos bien porque tenemos una iglesia cerca y todas las familias podemos ir a misa. Si no estuvieran, todo sería como antes, cuando teníamos que caminar hasta Raco para poder rezar”, aseguró Rosa Arce, una mujer de 74 años. Isidoro Salinas tiene 49 años y vivió siempre en El Siambón. Los únicos oficios que conoce son los del campo y su trabajo es el que le proveen los monjes. “Siempre fueron ‘churos’ conmigo. Trabajo en la cortada de piedras y en los pinares”, relató el hombre. Su testimonio se multiplica en las bocas de muchos vecinos, que sostienen que el progreso llegó a los cerros envuelto en los hábitos negros de los benedictinos. ORAR Y TRABAJAR PRODUCCION - El monasterio también proporciona trabajo a las comunidades vecinas en las forestaciones de pinos, eucaliptos, frutales -entre ellos, nogales- con el asesoramiento del INTA. Además, hay una fábrica de dulces, un colmenar, un laboratorio de cremas y fitoterápicos y una cortadera de piedras. Al pie del monasterio se pueden comprar los productos que fabrican los religiosos.
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El monasterio de Cristo Rey fue fundado por la abadía del Niño Dios, el 7 de abril de 1956, conducida en ese entonces por el abad Lorenzo Balerdi. Las familias Cossio-Paz Posse, Paz Posse-Alurralde y Paz Posse Rougés donaron las tierras para levantar el monasterio. En febrero de 1955, después de un largo viaje en camión desde Entre Ríos, los primeros monjes llegaron a El Siambón. El responsable del grupo era el padre Juan Vicente García Geniz. El decidió que la abadía sea construida con piedras de los ríos y con madera de los bosques de la zona. Un hábito negro se desliza casi imperceptible dentro de la estructura de piedra. Al silencio sólo lo rompe una letanía cuyo eco inunda las habitaciones. Este paraje sobrecogedor se encuentra a 63 kilómetros de la capital tucumana, en El Siambón. Sus habitantes, los monjes benedictinos, están de festejo porque la Abadía de Cristo Rey cumple 50 años. Quien cruza la puerta puede imaginar que está en un claustro erigido en la Europa medieval. Sin embargo, aunque muchos piensen que allí reina el pasado, la abadía es símbolo de progreso para los habitantes de la zona. “Cuando se instalaron, trajeron la energía eléctrica, que se extendió luego a los vecinos. Además, brindan trabajo a la comunidad”, explicó Rosalía Arriola, una mujer de 66 años, testigo de la fundación del templo y del claustro. El abad, Benito Veronese, explicó que los festejos se dividieron en tres partes. El 6 de febrero se hizo una celebración en el centro vecinal. Allí se conmemoró que, en 1955, llegaran los primeros cinco monjes desde la abadía madre “Niño Dios” de Victoria, Entre Ríos. El 7 de abril es considerado como el día oficial de la fundación -tuvo lugar en 1956-. El domingo celebraron el aniversario junto con monjes y monjas benedictinas y trapenses del cono sur. Al monasterio llegaron 35 religiosos desde países vecinos. Ese festejo comenzó la noche anterior, con un concierto de música clásica. “Nuestra llegada fue beneficiosa en dos aspectos. El primero es valuable materialmente; al otro sólo lo puede evaluar Dios. Si el monasterio no se hubiera construido, la energía y los caminos habrían demorado mucho más en llegar a El Siambón. Además, se produjo un gran progreso cultural y religioso”, dijo Veronese.
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A sesenta kilómetros de San Miguel de Tucumán, se encuentra El Siambón, donde los monjes benedictinos construyeron el Monasterio Cristo Rey en 1955, con piedras y madera de la zona, en 1956 se terminó la primera parte de la abadía de Cristo Rey. Los monjes son reconocidos por su producción de dulces. Los religiosos benedictinos llevaron energía eléctrica a la zona y crearon fuentes laborales para los vecinos. La iglesia de los benedictinos es un punto histórico para visitar.
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El golf, una actividad en constante crecimiento tiene 6 campos en singulares escenarios paisajísticos, 1 de los cuales presenta el desafío de practicarlos a más de 1.000 metros sobre el nivel del mar. El lugar referido es El Siambón. Los escenarios naturales de Tucumán: imponentes cordones montañosos, y una curiosa geografía permite realizar todo tipo de actividades y deportes en un marco imponente. Por todo esto la provincia se destaca en la práctica de cabalgatas trekking, rappel, tirolesa y escalada en roca en sus desafiantes montañas. Otra experiencia de adrenalina pura es competir en una de las tantas carreras de Eco Aventura.
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Es un lugar ubicado en el Dto. Tafí Viejo, distante a 60 Km. De la Ciudad capital, su nombre “Siambón”, de origen quechua, significa “represa” o “estanque natural muy hondo”, en clara alusión a la ubicación del mismo, rodeado de cordones montañosos. Los primeros pobladores de ésta región fueron los indios Lules. La fusión de raza llagó a estos lugares, y sus habitantes conservan como un rico legado, tradiciones y costumbres fuertemente arraigadas. En la actualidad, la mayoría de las familias, el 90 % de ellas, profesa la religión Católica apostólica Romana. Los integrantes del Monasterio Cristo Rey y las Hermanas del Buen Pastor son quienes se ocupan de realizar tareas de evangelización en la zona. El porcentaje restante, lo constituyen otras religiones como Evangélica, Mormona, etc. La vida de relación social de la comunidad no es muy amplia, encontrándose solo en ciertas oportunidades que le brinda la institución Escolar, tales como loterías familiares, actos escolares, reuniones de padres, etc. Las ocasiones de encuentro comunitario se efectúan también a través de partidos de fútbol o bailes, como así también en la obligatoria misa de domingo en el monasterio benedictino.
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Además del encanto de sus montañas casi selváticas, Raco y El Siambón guardan escondidos en la profundidad de los cerros secretos y leyendas que se remontan a los orígenes de Tucumán. El primer dato de la villa es del siglo XVIII, cuando el capitán García Medina donó a los jesuitas las tierras para la Estancia del Valle de Raku, en el Potrero de Raco. Cuando la orden fue expulsada en 1767, sus propiedades se subastaron y esta parte fue comprada por la familia Ruiz de Huidobro que estableció la primera estancia en la zona. Hoy, la mayoría de los habitantes de Raco son descendientes de los fundadores originales.
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 Es una tarea harto difícil resumir en pocos renglones una vida tan interesante y completa como la de Yupanqui, pero haremos un intento... Don Ata nació un 31 de enero de 1908 en Pergamino, provincia de Buenos Aires. Su verdadero nombre fue Héctor Roberto Chavero. Durante la adolescencia adoptaría el seudónimo que lo acompañaría para siempre y por el cual todos lo hemos conocido: Atahualpa Yupanqui. Entre sus antepasados se encuentran indios, criollos y vascos: "En aquellos pagos del Pergamino nací, para sumarme a la parentela de los Chavero del lejano Loreto santiagueño, de Villa Mercedes de San Luis, de la ruinosa capilla serrana de Alta Gracia. Me galopaban en la sangre trescientos años de América, desde que don Diego Abad Martín Chavero llegó para abatir quebrachos y algarrobos y hacer puertas y columnas para iglesias y capillas (...) Por el lado materno vengo de Regino Haram, de Guipúzcoa, quien se planta en medio de la pampa, levanta su casona, y acerca a su vida a los Guevaras, a los Collazo, gentes 'muy de antes'..." ("El canto del viento", I ). La guitarra será una constante a lo largo de toda su vida. Luego de un breve y fracasado intento con el violín, comienza a tomar clases de guitarra con el maestro Bautista Almirón, y allí queda marcado a fuego su destino y su vocación. Descubre, además, la existencia de un vasto repertorio que excedía los temas gauchescos. No completó sus estudios por diversos motivos: falta de dinero, estudios de otra índole, traslados familiares o giras de concierto del maestro Almirón, pero como él mismo señala estaba el signo impreso en su alma, y ya no habría otro mundo que ése: La Guitarra. Cuenta con 9 años cuando su familia viaja al Tucumán, provincia a la que volverá repetidas veces a lo largo de su vida, y a la cual lo une un profundo afecto. En el terreno musical, describe este lugar como "el reino de las zambas más lindas de la tierra". Muchas canciones suyas han sido dedicadas a Tucumán o han evocado su gente y sus parajes: "Luna tucumana", "Nostalgias tucumanas", "Adiós Tucumán", "Zamba del grillo", "La tucumanita", "La pobrecita", "La raqueña", etc.Durante su adolescencia regresa a la provincia de Buenos Aires, a Junín. A partir de los 18 años inicia un peregrinaje casi constante, que lo llevará por casi todas las provincias argentinas. En esos años de adolescencia y juventud, además de su trabajo como músico, se desempeña en distintos oficios para ganarse la vida. Fue así, entre otras cosas, hachero, arriero, cargador de carbón, entregador de telegramas, oficial de escribanía, corrector de pruebas y periodista.También fue común, durante esos primeros años, que recorriera junto con un amigo distintos pueblos del interior proyectando películas en una sábana que utilizaban como pantalla. Terminada la película, venía el concierto de guitarra a cargo de Atahualpa. 
Grupo Aconquija (1941): de pie, el más alto: Eduardo Falú Hacia fines de la década del '30 comienza a efectuar sus primeras grabaciones difundiendo, también, su propio cancionero. Registra así, para el sello RCA Víctor numerosos cantos y danzas (Fernando Boasso - "Tierra que anda..."). En la década del '40 suma a su actividad como compositor e intérprete la de escritor, publicando sus dos primeros libros: "Piedra Sola" (Jujuy) en 1941 y "Aires Indios" (Montevideo) en 1943. Más adelante publica la novela "Cerro Bayo", en la que luego se basaría el guión de la película "Horizontes de Piedra".Con numerosas grabaciones y composiciones se van cimentando su fama y su prestigio en todo el país. En 1945 se afilia al Partido Comunista, vínculo que mantendrá hasta el año 1952, fecha en que renuncia al mismo retomando una posición política independiente. Esta afiliación y su actitud crítica ante el gobierno peronista le valdrán un silenciamiento forzoso durante todos esos años. Sus actuaciones fueron prohibidas, no participó en programas radiales, sus grabaciones se interrumpen desde 1947 hasta 1953. Tampoco se permitía la interpretación de sus temas por otros artistas. Es detenido y encarcelado en ocho oportunidades. Comienzan en estos años sus retiros en la localidad de Cerro Colorado, en la provincia de Córdoba, donde levanta su casa, y sus viajes por Europa donde obtendrá un reconocimiento excepcional. En 1949 actúa en distintos países de la órbita comunista: Hungría, Checoslovaquia, Rumania y Bulgaria. Recala luego en París, donde se vincula con distintos artistas e intelectuales del momento. Conoce a Edith Piaf quien queda impresionada con su arte y lo invita a participar en sus propios recitales ante el público parisino, en los que obtiene un resonante éxito. En 1950 obtiene el premio de la Academia Charles Cross de París al mejor disco folklórico del año. A partir de 1953 se levanta su proscripción y vuelve a grabar en forma sostenida, canciones que sólo saben de éxi  tos y reconocimientos.Retoma, también, sus actuaciones en Buenos Aires y el interior del país. En la década del '60 además de sus giras de concierto por Europa, comienza a actuar en el Japón, donde nuevamente obtiene un profundo reconocimiento. Edita, asimismo, uno de sus libros más importantes: "El canto del viento". En 1967 obtiene el Premio del Festival de Cosquín y en 1968 y 1969 el Premio de la Academia Charles Cross de París al mejor disco extranjero. De aquí en adelante el reconocimiento de su propio país, América y Europa se ve plasmado en una serie de premios y homenajes: El escenario del Festival Folklórico de Cosquín (el más importante de Argentina) es bautizado con su nombre (1972); es nombrado ciudadano ilustre en el estado de Vera Cruz, México (1973); es condecorado por el gobierno de Venezuela (1978); es nombrado Presidente Honorario de la Asociación de Trovadores de Medellín, Colombia (1979); recibe el Diploma de Honor del Consejo Interamericano de Música de la O.E.A. (1983); recibe el Premio Konex de Platino como autor de folklore (1985); Premio "Caballero de las Artes y Letras" del Ministerio de Cultura de Francia (1986); Doctor Honoris Causa en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina (1990); Ciudadano Ilustre de la ciudad de Buenos Aires (1991). A fines de los '80 concreta la creación de la "Fundación Yupanqui". Atahualpa por lo general era autor y compositor de sus temas, pero formó 2 dúos muy importantes: uno con "Pablo del Cerro" (Camino del indio, Chacarera de las piedras, El alazán, etc.) que en realidad era el seudónimo artístico de quien fue su esposa: Antonieta Paula Pepin Fitzpatrick de Chavero, la que dejó un grupo de aproximadamente 40 composiciones; el otro dúo fue con “Romildo Risso” (Los ejes de mi carreta, El Aromo, etc.). Atahualpa Yupanqui falleció en Nimes, Francia, lugar donde vivió sus últimos años, el 23 de mayo de 1992. Sus restos descansan ahora en el Cerro Colorado, Provincia de Córdoba, República Argentina. Aquí enumeramos algunas de sus muchísimas creaciones:"La zamba del cañaveral", "La andariega", La arribeña", "La churqueña", "Tierra Jujeña", "Kaluyo de Huascar", "Viento, viento", "Camino de los valles", "La viajerita", "La raqueña", "Viene clareando", "Hui jo jo", "Ahí andamos señor", "El arriero", "Zamba del grillo", "Chilca Juliana", "La añera", "La pobrecita", "Camino del indio", "Tierra querida", "Chacarera de las piedras", "Recuerdos del Portezuelo", "La Tucumanita", "Indiecito dormido", "Lloran las ramas del viento", "La humilde", "Le tengo rabia al silencio", "Luna Tucumana", "Los ejes de mi carreta", "Sin caballo y en Montiel", "La alabanza", "Cantor del sur", "El árbol que tu olvidaste", "El payador perseguido"
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I En mi pago de Raco y en el camino de la “zanja” cuando se siembran penas se cosechan esperanzas…
Cuando yo pase cerca de tu ranchito, raqueña, aunque pase al galope ¡vidatay!, haceme seña…
En el corral de pircas, zumba mi lazo ¡así me zumba el alma, Viditay, cuando te abrazo!
II Yo soy gaucho curtido, mato las penas cantando igual que las carrascas en el sunchal de mi campo…
Cuando voy a las lomas se me hace que subo al cielo a buscar una estrella, ¡viditay, para tu pelo!
En el corral de las pircas zumba mi lazo. ¡Así me zumba el alma, viditay, cuando te abrazo!
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Se llamaba Héctor Roberto Chavero. Había nacido en Campo de la Cruz, partido de Pergamino, el 31 de Enero de 1908. El padre tenía sangre Quechua y la madre Vazca. De aquél, sacó el gusto por la guitarra y el verbo literario. De ella heredó las agallas para trabajar. Cuando tenía ocho años, los padres vinieron con sus tres hijos para Tucumán. Carmen, ayudaba a su madre a cuidar a los hermanos, Héctor y Alberto. Era una familia pobre, de esas que trabajaban todo el día y la plata alcanzaba justo hasta ahí. El padre trabajaba en el ferrocarril y los ratos libres guitarreaba y leía algunos de sus libros, que llenaban tres cajones. Héctor jugaba con la guitarra cuando su padre se descuidaba. Después, a los once años, fue un maestro. Ya no paró nunca más. Terminó de aprender la guitarra y empezó a aprender a mirar la vida, además de vivir la suya. Cuando tenía trece años adoptó el nombre de Atahualpa Yupanqui, quien fue el último soberano del imperio de los incas., La adopción de ese nombre fue un símbolo y una definición. Atahualpa era enemigo de todos los tiranos, de los negros y de los rojos, de cualquiera. No entendía al hombre si no en estado de libertad. Y por eso lucho, siempre, a través de sus versos que dolían más que cien bombas. Así, a veces, fue a parar a la cárcel, como durante las dos primeras presidencias de Perón. Alguna vez contó: “Estuve ocho años prohibido, me quebraron el índice de la mano derecha, me pusieron encima una máquina de escribir y se sentaban arriba y saltaban, me querían romper la derecha, pero no sabían que yo toco con la izquierda”. Hacia 1948, fue por primera vez a París. Después iba y venía. El mundo comenzaba a reconocerlo. Hacia 1980 y tantos ya se le computaban unas 600 grabaciones, y no faltaban quienes decían que eran mas. Su vida era escribir versos, ponerles música, cantarlos al compas de su guitarra, recorrer el mundo con ellos, encontrarse con la gente y con sus amigos, hacer la noche larga, vino mediante, y amar, amar su tierra, a los suyos, la libertad de todos. Hacía medio siglo que en Tucumán había conocido a una mujer, una muchacha canadiense de sangre francesa. Con ella vivió todo el resto de su vida, con ella tuvo un hijo y vivía en París, desde 1967 en adelante, su casa casi permanente. Don Ata estaba en Nimes, una Ciudad chica, a 800 Km. de Paris. Iba a cantar con Rubén Juárez y los del Pueblo en el cine del lugar, convertido en Café Concert ante unas 150 personas. Empezó la función, pero Atahualpa no alcanzó a subir al escenario, no se sentía bien. Prefirió salir a respirar un poco de aire fresco. Caminó un poco, ayudado por su bastón, llovía, pero caminó las pocas cuadras hasta el hotel, llegó demudado, como pudo subió a su habitación y se acostó, no volvería a levantarse, Tenía 84 años. Un día dijo: “Pronto tendré que morir, es una Ley, me siento fuerte y bien… pero me tendré que morir”. Se equivocó, sigue cantando, y para todos los tiempos, esto de…”aunque canto en todo rumbo - tengo un rumbo preferido - siempre canté estremecido - las penas del paisanaje - la explotación y el ultraje - de mis hermanos queridos”. Que así sea
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Sus versos dicen así: “Se puede matar a un hombre, pueden su rancho quemar, su guitarra destrozar. Pero el ideal de la vida, esa es leñita prendida que naides ha de apagar”. A veces también son así: “ La lluvia tiene un destino…que yo quisiera tener… Besar las piedras sedientas y por las piedras correr. Qué bello destino el mío si nube pudiera ser, el sol, la lleva a los cielos para ser nube otra vez”. Atahualpa Yupanqui vivió una época en Raco. Sus bellos paisajes y su gente fueron motivos de inspiración para varias zambas que compuso este talentoso músico, poeta y filósofo. No solo fue famoso aquí, también honró a nuestro País en el extranjero. Atahualpa Yupanqui fue muy raqueño, tuvo su rancho en Raco y anduvo un buen tiempo por esos pagos, él le canto a su pago querido, a su rancho de Raco y a su lindo Sauzal. Se lo siente muy del lugar, y en el afán de recordarlo, se constituyó una Comisión, con la iniciativa del Sr. Ramón Paz Posse, quien fue declarado Presidente dela misma, la que resolvió levantar el monumento y determinó que debían bautizarse todas las callecitas, internas y laterales de Raco con el nombre de una canción de Atahualpa. Desde entonces están dando nombre a las calles: Lunita Tucumana, La Andariega, El Arriero, La Arribeña, La Pobrecita, La Raqueña, La Añera, La Viajerita y las demás de su repertorio. Las callecitas de Raco tienen nombre y con el nombre tienen música, y con ello, son calles que tienen alma. Estas calles se han enriquecido, para el caminante: al evocar su música y sus canciones, la meditación y el encantamiento han puesto tono y palpitar en su corazón y lo han llenado de profundas nostalgias. Caminar en la noche de Raco, en lo invisible, es como un mensaje de paz, como en La Raqueña: Como ir al Cielo Vidita, a buscar una estrella para tu pelo, y éstas son cosas que se meten en el alma de la gente y una música que mueve resortes espontáneos.
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Raco es una magnífica villa veraniega, de frondosa vegetación, de suaves lomadas cultivadas, arroyos plácidos y ríos cristalinos, bosques y toda la belleza del paisaje que caracteriza al cerro tucumano, con las casonas residenciales de tradicionales familias tucumanas que pasan allí el verano Ubicada a 50 Km de San Miguel de Tucumán, sus orígenes se remontan al siglo XVII cuando los jesuitas recibieron por donación las tierras. Raco significa “expansión, firmamento o vista”, esta significación está en consonancia con el aspecto físico de la región. Antes de la llegada de los españoles este sitio estaba poblado por los Diaguitas - Calchaquíes, quienes dejaron numerosos testimonios de sus obras de alfarería, muchos de ellos donados a museos provinciales. La casa de San Pedro de Raco de especial valor histórico, fue el casco de la estancia de ese nombre, donde en 1841, pasó la noche Marco Manuel Avellaneda, líder de la Liga del Norte contra Rosas, durante las guerras civiles, haciendo una escala de su desdichado viaje hacia el martirio de Metán. También es de interés la cercana estancia de Sauce Yaco, y la casona de Villa Elvira. Sus verdes colinas exhiben viviendas de lugareños con elegantes residencias destinadas al turismo de verano. Raco alberga un monumento en piedra erigido a Atahualpa Yupanqui, y las calles de esta villa llevan el nombre de célebres temas que compuso este autor, inspirado en la belleza del paisaje tucumano.
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Dice la historia que cuando los jesuitas fueron expulsados en 1767, las propiedades que les habían donado fueron subastadas y esta parte fue comprada por la familia Ruiz de Huidobro, que estableció la primera estancia en la zona. Hoy, la mayoría de los habitantes de Raco son descendientes de los fundadores originales. Otro que estuvo en este poblado y hasta se inspiró en la belleza del lugar fue Atahualpa Yupanqui, quien nombró a Raco en varias de sus letras, dándole así trascendencia internacional.
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RACO, Tucumán.- Carlos Alfredo Paz Posse, un simpático habitante de esta villa, siempre repetía que no importaba qué exótico lugar del mundo conociera, para vivir "no hay mejor lugar del mundo que Raco". Sólo al internarse en los empinados senderos cerreños y los exuberantes paisajes que rodean a Raco, uno alcanza a comprender el apego a esta tierra surcada de colinas. Raco se encuentra a 55 kilómetros al noroeste de San Miguel de Tucumán y a 1100 metros de altura. Aunque por décadas fue el descanso preferido de las familias tucumanas que buscaban escapar al intenso calor de la ciudad, hoy Raco, junto con la vecina localidad de El Siambón, es visitada por miles de turistas atraídos por su paisaje agreste y la posibilidad de realizar actividades como golf, mountain bike o carreras de aventura.
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Un dato saliente refuerza la fama bien habida de Raco y provoca un dejo de admiración: esta villa veraniega plácidamente erigida sobre el entorno de cerros que embellece un costado de San Miguel de Tucumán fue elegida por Atahualpa Yupanqui para construir su rancho. Una buena medida para sostener sus pergaminos.
El cantor de renombre mundial encontró aquí la magnífica tierra querida que alabó en una veintena de zambas tucumanas. Sus letras delicadas refieren al inmejorable escenario rural del Circuito Chico. Es una escala seductora, ineludible, de los 80 kilómetros de ruta pavimentada —20 de ellos por tramos de cornisa— que traspasa microclimas e imágenes que cambian bruscamente al final de alguna curva cerrada o al costado de una esporádica recta. Así, sin previo aviso, la exuberante selva subtropical desaparece para dar lugar al paisaje repentinamente despejado, copado por los cactos y los arbustos bajos del monte.
Al promocionado Jardín de la República, Raco aporta el sosegado valle que los indígenas llamaban Raku (redondo), donde los cerros toman un respiro y sobre los colores suaves de la ladera van y vienen puesteros de a caballo y carruajes y campesinos de andar lento y mirada profunda bajan quesos y quesillos a lomo de burro. El poeta sabía bien de qué hablaba. Esas piezas sencillas aunque plenas de pureza habían hecho impacto sobre su profunda sensibilidad.
Don Ata se codeó con sabios anónimos, ocultos en caseríos que suelen ser visitados por zorros, pumas, halcones y águilas. Anfama, Chasqueville, Las Mesadas, La Ciénaga y Ancajuli son eslabones minúsculos del collar de aldeas que envuelve a Raco. Cultivos en terraza que trepan la montaña muestran otro rasgo distintivo: aquí se cosechan a mano y con trineo de palo las mejores hortalizas de Tucumán.Una vez que esos hombres esforzados terminan de acarrear leña con bueyes y encuentran cobijo en sus viviendas sencillas, Raco sabe entregar noches soñadas de luna inmensa y estrellas brillantes. Abajo cantan grillos, loros y lechuzas, mientras riachos transparentes despiden melodías cada vez que alcanzan la orilla y acarician las piedras.
Un rato después, cuando los vecinos madrugadores se saludan rumbo a la ruta para hacer dedo, el coro lo conforman todos los pájaros, gallos y gallinetas de la zona. Es un universo casi virgen poco menos que inalterado desde que llegaran los jesuitas en el siglo XVII.Como pequeñas reservas de naturaleza plena, los microclimas determinan el paisaje cambiante. Hacia el norte, a la salida de El Cadillal, la selva subtropical agasaja a sus visitantes con elegantes "colas de novia" chorros de deshielo que caen como hilos blancos sobre las playas de césped del río Loro. Cerca de Raco, el bosque se alterna con el monte espinoso, que entrega la vaina del algarrobo para preparar las bebidas aloja y chicha. Los hombres aceptan el convite y disfrutan del suelo generoso.
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