DON “ATA”, UNA CELEBRIDAD DE LA ZONA DE RACO…
Se llamaba Héctor Roberto Chavero. Había nacido en Campo de la Cruz, partido de Pergamino, el 31 de Enero de 1908. El padre tenía sangre Quechua y la madre Vazca. De aquél, sacó el gusto por la guitarra y el verbo literario. De ella heredó las agallas para trabajar.
Cuando tenía ocho años, los padres vinieron con sus tres hijos para Tucumán. Carmen, ayudaba a su madre a cuidar a los hermanos, Héctor y Alberto.
Era una familia pobre, de esas que trabajaban todo el día y la plata alcanzaba justo hasta ahí. El padre trabajaba en el ferrocarril y los ratos libres guitarreaba y leía algunos de sus libros, que llenaban tres cajones.
Héctor jugaba con la guitarra cuando su padre se descuidaba. Después, a los once años, fue un maestro. Ya no paró nunca más. Terminó de aprender la guitarra y empezó a aprender a mirar la vida, además de vivir la suya. Cuando tenía trece años adoptó el nombre de Atahualpa Yupanqui, quien fue el último soberano del imperio de los incas.,
La adopción de ese nombre fue un símbolo y una definición. Atahualpa era enemigo de todos los tiranos, de los negros y de los rojos, de cualquiera. No entendía al hombre si no en estado de libertad. Y por eso lucho, siempre, a través de sus versos que dolían más que cien bombas. Así, a veces, fue a parar a la cárcel, como durante las dos primeras presidencias de Perón.
Alguna vez contó: “Estuve ocho años prohibido, me quebraron el índice de la mano derecha, me pusieron encima una máquina de escribir y se sentaban arriba y saltaban, me querían romper la derecha, pero no sabían que yo toco con la izquierda”.
Hacia 1948, fue por primera vez a París. Después iba y venía. El mundo comenzaba a reconocerlo. Hacia 1980 y tantos ya se le computaban unas 600 grabaciones, y no faltaban quienes decían que eran mas.
Su vida era escribir versos, ponerles música, cantarlos al compas de su guitarra, recorrer el mundo con ellos, encontrarse con la gente y con sus amigos, hacer la noche larga, vino mediante, y amar, amar su tierra, a los suyos, la libertad de todos.
Hacía medio siglo que en Tucumán había conocido a una mujer, una muchacha canadiense de sangre francesa. Con ella vivió todo el resto de su vida, con ella tuvo un hijo y vivía en París, desde 1967 en adelante, su casa casi permanente.
Don Ata estaba en Nimes, una Ciudad chica, a 800 Km. de Paris. Iba a cantar con Rubén Juárez y los del Pueblo en el cine del lugar, convertido en Café Concert ante unas 150 personas. Empezó la función, pero Atahualpa no alcanzó a subir al escenario, no se sentía bien. Prefirió salir a respirar un poco de aire fresco. Caminó un poco, ayudado por su bastón, llovía, pero caminó las pocas cuadras hasta el hotel, llegó demudado, como pudo subió a su habitación y se acostó, no volvería a levantarse, Tenía 84 años.
Un día dijo: “Pronto tendré que morir, es una Ley, me siento fuerte y bien… pero me tendré que morir”. Se equivocó, sigue cantando, y para todos los tiempos, esto de…”aunque canto en todo rumbo - tengo un rumbo preferido - siempre canté estremecido - las penas del paisanaje - la explotación y el ultraje - de mis hermanos queridos”. Que así sea

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