Raco

Un dato saliente refuerza la fama bien habida de Raco y provoca un dejo de admiración: esta villa veraniega plácidamente erigida sobre el entorno de cerros que embellece un costado de San Miguel de Tucumán fue elegida por Atahualpa Yupanqui para construir su rancho. Una buena medida para sostener sus pergaminos.

El cantor de renombre mundial encontró aquí la magnífica tierra querida que alabó en una veintena de zambas tucumanas. Sus letras delicadas refieren al inmejorable escenario rural del Circuito Chico. Es una escala seductora, ineludible, de los 80 kilómetros de ruta pavimentada —20 de ellos por tramos de cornisa— que traspasa microclimas e imágenes que cambian bruscamente al final de alguna curva cerrada o al costado de una esporádica recta. Así, sin previo aviso, la exuberante selva subtropical desaparece para dar lugar al paisaje repentinamente despejado, copado por los cactos y los arbustos bajos del monte.

Al promocionado Jardín de la República, Raco aporta el sosegado valle que los indígenas llamaban Raku (redondo), donde los cerros toman un respiro y sobre los colores suaves de la ladera van y vienen puesteros de a caballo y carruajes y campesinos de andar lento y mirada profunda bajan quesos y quesillos a lomo de burro. El poeta sabía bien de qué hablaba. Esas piezas sencillas aunque plenas de pureza habían hecho impacto sobre su profunda sensibilidad.

Don Ata se codeó con sabios anónimos, ocultos en caseríos que suelen ser visitados por zorros, pumas, halcones y águilas. Anfama, Chasqueville, Las Mesadas, La Ciénaga y Ancajuli son eslabones minúsculos del collar de aldeas que envuelve a Raco. Cultivos en terraza que trepan la montaña muestran otro rasgo distintivo: aquí se cosechan a mano y con trineo de palo las mejores hortalizas de Tucumán.Una vez que esos hombres esforzados terminan de acarrear leña con bueyes y encuentran cobijo en sus viviendas sencillas, Raco sabe entregar noches soñadas de luna inmensa y estrellas brillantes. Abajo cantan grillos, loros y lechuzas, mientras riachos transparentes despiden melodías cada vez que alcanzan la orilla y acarician las piedras.

Un rato después, cuando los vecinos madrugadores se saludan rumbo a la ruta para hacer dedo, el coro lo conforman todos los pájaros, gallos y gallinetas de la zona. Es un universo casi virgen poco menos que inalterado desde que llegaran los jesuitas en el siglo XVII.Como pequeñas reservas de naturaleza plena, los microclimas determinan el paisaje cambiante. Hacia el norte, a la salida de El Cadillal, la selva subtropical agasaja a sus visitantes con elegantes "colas de novia" chorros de deshielo que caen como hilos blancos sobre las playas de césped del río Loro. Cerca de Raco, el bosque se alterna con el monte espinoso, que entrega la vaina del algarrobo para preparar las bebidas aloja y chicha. Los hombres aceptan el convite y disfrutan del suelo generoso.

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